EL CONTRAHECHO

 EL CONTRAHECHO

 

UN descuido,

tan sólo un descuido en la noche del universo.

Tan sólo una voz en la nada

y crecimos con la mente tullida

y las alas enganchadas.

Tullidos de esperanza,

vacíos, como flores de penumbra…

 

Locos por auscultar el latido de la armonía,

tañidos por el timbal de la soberbia,

empujados al desnivel de la envidia,

accionados por el golpe de la ira,

cubiertos de la resbalosa escama

que deja su rastro de lujuria.

 

Un descuido,

tan sólo un descuido

para nacer con los ojos asombrados y tullidos,

para alimentar con necedades

la flor de la esperanza.

 

Conciencia de paraguas,

aire hinchado de humo,

vanidad de los gatos

que duermen a cubierto.

 

Niños cadavéricos extienden las manos,

suaves como los copos del invierno,

mientras las botas aplastan los pies descalzos,

los ojos abiertos…

 

Dedos con olor a pólvora

que han convertido en hielo la ternura

en ira la voz del inocente,

en herida la esperanza…

Humanos desgarrados,

cicatrices abiertas en los lomos

que no curará el tiempo transcurrido.

 

Condenados a lamer con el vientre la tierra,

condenados al abismo por despreciar

el aliento cálido del paraíso.

Condenados al uno

que hace surgir con ardor el egoísmo.

 

Volveremos a tratar de escalar las ramas del árbol,

por ser distintos, por ver el cielo.

Volveremos, en línea de retroceso,

al castigo de arrastrarnos por las hojas de los árboles,

como el perezoso escala, lentamente,

con sus tres uñas diabólicas,

los troncos eternos de la selva.

 

“Al encuentro”

Rocío Oviedo y Pérez de Tudela

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